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Donde quiera que estés

Archivado en Escribir por escribir • Fecha: 31-01-2007 18:28:01


Hoy no he parado de pensar en ti. En cada respiración, en cada abrir y cerrar de ojos, en cada paso que he dado te he sentido a mi lado. He visto tu mirada reflejada en miles de cristales, en miles de rostros. Me ha parecido ver ese cabello tuyo tan ondulado, tan rojizo, tan suave, en cada esquina, en cada pequeño rincón que deja esta inmensa ciudad. Tu sombra me ha perseguido, la tengo grabada en mi retina, en lo más profundo de mi mente, y me viene a buscar en cada calle soleada, en cada parada de autobús, en cada noche que te sueño, que siento que estás aquí junto a mi. He olido tu piel, tus labios, tus manos, en cada ascensor, en cada vagón, en cada sala de cine.
No sé nada de ti desde hace meses. Te has marchado de mi vida sin avisar, sin darme siquiera una opción a darte un beso de despedida, a soltar una lágrima desde lo más profundo de mi alma, a regalarte un te amo.
Ahora estoy empezando a pensar que mi vida ya no tiene un sendero cercano al tuyo. Que nuestros labios se cerraron para siempre y ningún beso sellará de nuevo el amor que nos teníamos. Nuestros cuerpos, perfectamente compenetrados, ya no volverán a bailar al mismo ritmo, ya no se fundirán en uno envueltos en agua de pasión. Mis manos me preguntan por tu espalda y sinceramente no sé qué decirles, yo tampoco sé dónde estará y no me atrevo a decirles que quizá esté ahora mismo disfrutando en compañía de otras.
Estas palabras brotan de mi sin control alguno, no soy yo el que escribe, es mi alma herida la que grita desde dentro que te añora, que te necesita y que siempre tendrá un lugar para ti donde quiera que estés.

Escrito por Adrian Calderón Bonnamour
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Jugando a mirar

Archivado en Escribir por escribir • Fecha: 23-12-2006 13:01:49


La de horas que uno puede llegar a pasar en un metro a lo largo de un año. Esta vida tan acelerada en la que a penas tenemos tiempo para pararnos a pensar hacia donde vamos está llena de acciones incomprensibles que de hacer el esfuerzo sencillo de pensarlas tan sólo un instante nos daríamos cuenta de lo robotizados que estamos.
El metro es un gran centro de ocio en el que cada uno elige cómo desea disfrutar o hacer pasar el tiempo más rápido de diferentes maneras. Los hay que leen, que escuchan música, que cantan, que duermen, que hablan (los menos), que piensan, que callan y los hay como yo que nos dedicamos a jugar. Y no me refiero a hacerlo con maquinitas y nuevas tecnologías de esas que lo único que hacen es hacernos más robotizados. Sino a un juego más humano, más interesante y en el que si ganas obtienes mayor satisfacción que en cualquier jueguecito de play stations y demás. Juego a mirar.
Os cuento esto porque hoy mismo he jugado a mirar. Este juego tiene muchas reglas como cualquier otro y la primera que hay que aprender es que no se puede tener vergüenza, hay que ser descarado porque en este juego el tiempo es limitado. Esto me costó bastante aprenderlo. Al principio mis partidas a penas duraban una o dos estaciones. Y no porque la otra persona estuviera poco tiempo en el vagón sino más bien porque cuando yo me decidía ella llegaba a su trayecto y me daba en la cara con todo el “game over”.
Otra de las reglas es saber escoger bien a tu compañera de juego ya que una mala elección puede suponer en primer lugar una partida perdida y uno tiene que batir sus propios record diarios, y en segundo lugar porque una mala elección puede suponer perder la oportunidad de jugar a una partida ganadora. Las mujeres pueden llegar a ser muy orgullosas y si saben que has estado jugando con otra delante suya no te lo perdonan y te castigan con la mayor de las indiferencias. Por ello no hay que tener prisa cuando se sube al vagón por elegir a tu compañera. Hay que analizar bien el terreno, incluso si es necesario avanzar por el vagón realizando un barrido de que jugadoras sí y qué jugadoras no.
Y pensareis que estoy hablando siempre de compañeras y no de enemigas. Y es que aunque algunas pueden convertirse en enemigas, los enemigos son otros y muchos. No podéis ni imaginaros la de personas que han descubierto este juego y se tiran a jugar así sin más, sin respetar reglas ni antigüedades. De esta forma el juego se está convirtiendo cada vez en algo muy sucio en lo que todo vale con tal de llevarse el premio de una mirada acompañada de una sonrisa. Por ejemplo una regla básica ha sido siempre que no se puede empezar a jugar en el andén de la estación y estos los niñatos de ahora no lo respetan.
Como en todo juego existen niveles de dificultad pero claro esto no se sabe cuando se está en el nivel principiante. Y os preguntareis cómo se establecen los diferentes niveles en este juego. Tranquilos que ya paso a explicároslo. En primer lugar y gracias a la experiencia adquirida uno debe saber si tu compañera te va a dar más o menos estaciones de margen. Eso con algo de experiencia es fácil de saber. Por ejemplo una chica que sólo vaya a estar una o dos estaciones normalmente se queda cerca de la puerta de pie, salvo si está muy cansada, pero estas quedan fuera del juego. Las que más puntos suman lógicamente son las compañeras de una estación pero estas son las más difíciles. Os podría vacilar diciéndoos que alguna vez he ganado con una de estas pero os estaría mintiendo y mis queridos amigos no soy de esos.
Este juego lo aprendí ya hace bastante años en Paris y gracias a él conocí mucho mejor su metro. La de estaciones que me habré pasado de la mía sólo por ver si el juego llegaba a alguna parte. Y bueno en aquella época en la que yo era un joven muy atractivo os aseguro que fueron muchas las francesitas que probaron las mieles del éxito en “jugando a mirar”.

Escrito por Adrian Calderón Bonnamour
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El inventor de lo inventado

Archivado en Escribir por escribir • Fecha: 11-12-2006 00:17:03


Eran las 14: 16 minutos en el reloj de la iglesia de los Ángeles cuando llegó hasta mi la figura imponente de Sir James Clark, por todos conocidos en el pueblo como “el genio”. Su apelativo estaba motivado por ser un reconocido inventor de los más variopintos instrumentos. La mayoría de ellos no servían para nada pero a mis conciudadanos sólo su presencia y su oratoria ya era lo suficientemente convincente como para otorgar suma importancia a un instrumento tan poco práctico como un alisador de cabello.
Sir James vivía habitualmente encerrado en su casa, “desarrollando su próximo invento” decía la rumorología casi oficial. En la parte superior de su vivienda tenía una especie de laboratorio con los más inimaginables objetos inventados por él mismo que le servían a su vez como herramientas para la construcción de nuevos inventos.
Cuando había desarrollado un par de inventos se dedicaba a viajar por todo el mundo comercializándolos. Esto le convertía a la vez en el único habitante de Darktown que había viajado más allá de las Montañas de Darry. A su vuelta todos en el pueblo se arremolinaban a su alrededor para saber más a cerca de los dragones que poblaban el otro lado de la ladera Este. Sir James contaba cómo gigantes de varias cabezas perseguían hasta la extenuación a todo aquel que se atrevía a cruzar las fronteras. Él con su espejo reflector había conseguido huir en cada viaje de las garras de estas fieras.
Nadie en el pueblo siquiera planteaba la posibilidad de cruzar más allá de las fronteras del propio Darktown. Sir James gracias a sus armas de defensa había conseguido simplemente huir de ellos, por lo que una simple persona desprovista de cualquier instrumento no tardaría más de dos segundos en ser aplastada.
Un día ocurrió algo totalmente inesperado. El día estaba completamente soleado y nada parecía presagiar que en un instante la vida de todos nosotros cambiaría para siempre.
Recuerdo que estaba charlando alrededor de la Fuente de los deseos con mi amiga Jessica cuando vi llegar a lo lejos a un hombre montado sobre un carruaje empujado por un gran caballo blanco. Todo el pueblo salió a la calle a ver a aquel hombre por nadie conocido.
Cuando llegó justo enfrente mía detuvo su caballo y se bajó. “¿Es este el pueblo de Darktown?” dijo en voz alta dirigiéndose a todos los que se arremolinaban alrededor suya a cierta distancia.
“Sí” le contesté yo.
“¿Quién es usted?” preguntó Andy, el herrero del pueblo y al que hasta aquel día no había visto nunca el miedo en su cara.
“Soy Sir James Clark y he venido a comprobar si era cierto que el pueblo de Darktown había sido invadido por espíritus del más allá. ¿Sois espíritus?”.
De repente todo el pueblo comenzó a reír ante aquella pregunta. Claro que no éramos espíritus, al menos eso pensábamos nosotros mismos. ¿Por qué nos preguntaba aquello aquel hombre? y sobre todo ¿Sir James Clark?.
“¿Quién le ha dicho eso de Darktown?” le pregunté .
“Un impostor, una persona que dice ser inventor y se atreve a vender mis propios inventos”.
De pronto todas las miradas se dirigieron hacia la casa de Sir James Clark o mejor dicho de su impostor. En aquel momento todos descubrimos que había vida más allá de Darktown y de las Montañas de Darry, que los dragones y los gigantes no existían y que durante años todos habíamos vivido engañados por un hombre que decía ser inventor y lo único que había conseguido crear fue una mentira perpetuada a lo largo de los años por la ingenuidad y el miedo.

Escrito por Adrian Calderón Bonnamour
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El momento del tren

Archivado en Escribir por escribir • Fecha: 02-12-2006 14:15:11


Ahora que el maestro Sanz ha compuesto su “tren de los momentos” se me vienen a la cabeza miles de momentos que yo he podido pasar en un tren. Y no son pocos. En algún momento de mi vida pensé incluso en solicitar un puesto de trabajo en RENFE ya que pasaba más horas en un tren que los propios revisores y maquinistas.
Primero fueron muchos los años que tenía que viajar por toda la geografía española por motivos laborales. Era comercial de una marca de carbonos para máquinas proyectoras de cine. De esta forma he conocido todas y cada una de las ciudades españolas que hayan poseído alguna vez una sala de cine, por muy pequeña que ésta fuera.
Posteriormente y aún con el auge del avión mediante las compañías de bajo coste, yo continúe utilizando el tren como medio más usual de transporte. Pero ya no fue como comercial sino como visitador, aunque esta vez de mi propio hijo.
Tras muchos años viajando por España, mi mujer decidió rehacer su vida con otra persona. Suena muy bien lo de rehacer cuando es otra persona la que lo hace, pero cuando es tu mujer la que decide rehacer su vida y por lo tanto deshacer la que tenía contigo su sonido no es tan poético. Años después me di cuenta de que nuestra vida había sido deshecha muchos años antes, quizá demasiados. Para mí mi hogar se había convertido casi en un lugar de paso más. Había descuidado por completo a mi mujer y a mi hijo. Me había convertido en alguien tan sumamente frío que incluso después de pasar varios días fuera de casa el recibimiento de mi mujer me resultaba exactamente igual que el que me ofrecía en Madrid Rosario, recepcionista de la Pensión Puerto Rico. Aunque había una pequeña diferencia. Con mi mujer me acostaba y me cerraba y con Rosario no me acostaba y me abría. Sin darme cuenta había encontrado el sexo en mi propio hogar y la complicidad fuera de casa.
En uno de esos viajes a Toledo para visitar a mi hijo me sucedió algo increíble. Cuando íbamos por la provincia de Ciudad Real el tren se detuvo en mitad de un puente. Al principio nadie se percató de que nos habíamos detenido sobre el Río Algodor. Pero pronto una mujer comenzó a chillar y a ponerse cada vez más nerviosa. De pronto la mujer quedó totalmente en silencio y mirando fijamente a la ventana. Del exterior penetraba con fuerza la luz blanca de la Luna que aquella noche brillaba con una fuerza que jamás antes había visto. Nos asomamos todos hacia la ventana y nos encontramos suspendidos en el aire en mitad de la nada. Me dirigí al otro lado del tren y pude comprobar como el puente y sus vías se habían quedado lo suficientemente lejos. No comprendía nada. A penas si habíamos sentido un mínimo movimiento, el más ligero desplazamiento.
En a penas unos segundos todos encontramos la calma a nuestros miedos. Descubrimos por qué aquel tren volaba y por qué la Luna brillaba con tanta fuerza aquella noche.

Escrito por Adrian Calderón Bonnamour
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Hasta siempre

Archivado en Escribir por escribir • Fecha: 17-11-2006 17:55:20

Es curioso cómo la vida llega sin avisar y se marcha sin casi dar tiempo a despedidas. Cómo cuando nos queremos dar cuenta estamos debajo de un montón de amasijos de hierros y justo en ese momento pensamos “joder”. Bueno, eso es lo que casi la mayoría de los que vienen a verme a mi trabajo recuerdan de su último suspiro, de ese último instante que la vida, jodida ella, nos da para ser conscientes de que se acabó lo bueno.
Normalmente cuando mis clientes vienen a verme andan todavía un tanto aturdidos. Pobrecillos no saben que ya no están allí que ahora han pasado a otra vida, que no sé por qué algunos llaman a mejor vida. Buena vida era la que yo llevaba cuando estaba vivo, ahora no tengo vida. curioso,¿eh? Pero es que la vida no es sólo que tu corazón palpite aunque cuando más vivo estuve fue cuando mi corazón se aceleraba a su paso.
Pero la muerte, jodida también ella, se interpuso entre la vida, ella y yo.
Mi muerte fue un tanto inesperada. Ya sé que casi nadie espera morir, pero cuando uno está prácticamente tocando el cielo va y lo toca de verdad. Y ¡qué putada! Oye. Yo tan sólo habría querido un par de segundos para despedirme y decirle aquello que no hice. Que la quería, que gracias a ella, a sus rubios rizos y a su eterna sonrisa mi vida había vuelto a suspirar por un amanecer, por un Lunes por la mañana, incluso me alegraba ver a mi jefe. No por verlo a él, off course que diría mi amigo James, sino porque ello suponía verla a ella de nuevo.
Aquel día, bueno el último, no sé qué día sería de mi vida pero sí que después de él no habría ni más amaneceres, ni más Lunes, ni más sonrisas. Todo se acabó para mi por culpa de un niñato de 18 años que buscaba la velocidad en su motocicleta en mitad de la gran ciudad. Yo me dirigía a recoger unas entradas para el último musical de la Gran Vía. Y mi vida se convirtió en un musical de lágrimas.
Al llegar aquí me dirigí enseguida a la oficina de reclamaciones. La vida y la muerte son jodidas, pero sus creadores más aún. ¿A quien se le ocurre poner una oficina de reclamaciones post-mortem? Que se sepa el único caso que habría sido aceptado fue el de Jesucristo y dudo mucho que éste tuviera que hacer la cola que me tocó a mi.
“¿Qué desea?” me dijo un grandullón de más de 2 metros. Le expliqué que me habían secuestrado sin darme la oportunidad de decir “te quiero”. Estuve más de ... no sé, mucho tiempo, porque aquí, muy listillos ellos, tampoco tienen concepto de tiempo. Finalmente sólo conseguí un permiso indefinido de visita. O lo que es lo mismo que algún día podría bajar acompañado de un agente de traslados al mundo de los vivos.
Ahora soy una especie de psicólogo que ayuda a los recién llegados a asumir que salvo gracia divina tendrán que adaptar su vida eternamente al mundo de los no vivos. Pero la verdad es que aquí no se está tan mal. no hay hipotecas, no hay estrés, no hay guerras, no hay capitalismo, bueno realmente no hay nada pero nos tenemos los unos a los otros.
He aprendido algo y es que ahora, aunque sé que nunca me van a dejar, me despido de mis amigos con un hasta siempre.

Escrito por Adrian Calderón Bonnamour
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Gracias, pero llega usted tarde

Archivado en Escribir por escribir • Fecha: 02-11-2006 19:28:38

Mi amiga Marta ha tenido siempre una frase que ha resumido su vida “la esperanza es lo último que se pierde”. Desde que la conozco, y son muchos los años que han pasado desde que íbamos juntos a la universidad, ante cualquier tipo de contratiempo o situación difícil que le sucedía en su vida usaba siempre esta frase. Ella ha sido siempre así, tratando de transmitir energía positiva, “buen rollito” como dice su marido.
Recuerdo un día que estando en clase de “Análisis de la actualidad” el profesor, Don Augusto, nos propuso que debatiésemos como futuros periodistas a cerca de lo que entonces se llamó “proceso de paz” entre el gobierno que presidía el socialista Jose Luis Rodríguez Zapatero (ZP como popularmente se le llamaba tras ser esa su marca en las elecciones que le llevaron al poder) y la banda terrorista ETA. Varios compañeros intervinieron atacando duramente al gobierno por dicha acción. Marta levantó la mano y expuso su defensa de la medida llevada a cabo por el gobierno. Un compañero la tachó de ingenua por creer en las intenciones de ETA y ella contestó “la esperanza es lo último que se pierde”. “Es la vida lo último que perdemos con estos bandidos” fue la respuesta de mi compañero. Hoy en día ya sabemos como acabó aquel proceso y quien llevaba razón y quién no.
Desde la perspectiva que dan ver este tema treinta años después creo que estoy de acuerdo con ambos. Por un lado en la vida hay que tener siempre un mínimo de esperanza. Y por otro lado es cierto que es la vida lo ultimo que perdemos aunque si lo miramos desde un punto de vista espiritual no podemos perder la vida porque no es nuestra. Nos ha sido dada, nadie sabe a ciencia cierta por quien, y por lo tanto no es de nuestra propiedad. Sin embargo, como bien íntimamente ligado a nosotros por motivos obvios, podemos hablar de la vida como un préstamo necesario para poder participar en este juego tan injusto.
La vida, que larga y corta puede llegar a ser. Y qué poco la valoramos mientras la estamos usando. Y digo usar, que no utilizar. Porque la vida tiene un uso que es el de vivir. Y no un objetivo. Mi objetivo no ha sido nunca ser feliz. He usado la vida para ser feliz. Y es precisamente ahora que se me va cuando más la estoy valorando y cuando más feliz soy. Y es precisamente ahora que sé que existe una manera para no haberla perdido cuando más me jode perderla.
Por fin tras años de investigación la comunidad científica ha descubierto una cura para prevenir el cáncer. 17. Bonito número. Personalmente ha estado siempre marcado por buenas noticias. Nací un 17 de Febrero de no recuerdo ya qué año. A los 17 años encontré a la que hoy sigue siendo mi mujer. 17 años después de aquel 17 de Noviembre del año dos mil nació nuestra hija. Curiosamente un día 17. Ahora dicho número también ha traído buenas noticias, pero esta vez no sólo a mi sino a millones de personas en todo el mundo. El cromosoma 17 contiene un gen capaz de prevenir la reproducción de cualquier tipo de cáncer en el cuerpo humano a lo largo de toda su vida. Pero no es capaz de impedir el desarrollo si éste se encuentra en sus primeras fases ya en el cuerpo o si está muy extendido para desgracia entre otros de mi mismo.
Hace menos de un año me fue diagnosticado un cáncer estomacal en etapa avanzada. Me operaron y me quitaron parte del tumor, sin embargo, se ha vuelto a reproducir y ahora espero a que la vida que me fue dada se despida de mi.
Me gustaría agradecer al doctor Alain Coupier el descubrimiento que permitirá que mi propia hija por ejemplo pueda evitar la reproducción de esta mal formación. Ha salvado usted muchas vidas querido amigo, pero para mi llega usted tarde.

Escrito por Adrian Calderón Bonnamour
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León: el peso de una muerte

Archivado en Historias de la Historia • Fecha: 17-10-2006 17:45:13

León: el peso de una muerte

A lo largo de mi extensa vida muchas han sido las muertes que los fascistas, ahora fascistas pasados a conservadores-reformistas, han querido echar sobre mis hombros. Mi implicación en la matanza de Paracuellos no fue más allá que ser Consejero de Orden Público de una Junta de Defensa de Madrid que trataba débilmente de impedir que el alzamiento lograra su objetivo. El resultado es por todos conocidos. Posteriormente la propaganda del régimen quiso relacionar esa matanza conmigo tras mi ascenso a Secretario General del Partido Comunista.
Pero realmente sólo he estado vinculado a un asesinato y curiosamente fue el de un camarada, todo un luchador como fue León Trotsky. Una muerte cuyo peso cargaré sobre mis hombros hasta mi último día.
Conocí a Trotsky, en México, tan solo dos meses antes de su muerte. Fue en una cantina de la capital mexicana, lugar muy frecuentado por él y al que solía acudir para escribir. Tras ser expulsado de la URSS por Stalin, huyó hasta el país azteca invitado por el presidente Lázaro Cárdenas. Trotsky sin duda simpatizaba con las medidas revolucionarias llevadas a cabo por el presidente mexicano, motivo por el que aceptó la invitación. Su vida allí era bastante clandestina ya que en el fondo debía ser sabedor de que el régimen soviético no se limitaría a expulsarlo.Contacté con él a través de la gran Frida Khalo.
Tras la victoria del bando nacional en España me instalé en París aunque habitualmente viajaba a Moscú para acudir a diferentes congresos y demás encuentros del partido comunista ruso que ejercía de madre del resto de partidos comunistas de Europa. En nuestro caso el apoyo desde Moscú se hacía casi imprescindible ya que nuestro exilio en la capital francesa era sufragado por los fondos procedentes de la URSS durante los primeros meses tras la derrota frente al bando de Franco y Hitler.
En la Primavera de 1939, tras la victoria nacional, fui llamado a Moscú. Aquello no era algo extraño, más bien se convirtió en un viaje rutinario cada tres semanas. Pero esta vez, el motivo de mi visita no fue nada rutinario. En una antigua residencia zarista situada a las afueras de la capital me esperaba un encuentro, el único que tuve en solitario, con Joseff Stalin. En aquella reunión Stalin me ordenó la organización del asesinato contra “el traidor” Trotsky como él mismo lo calificó. Su rostro reflejaba a la perfección el odio que sentía hacia el que en su día fue, junto a Lenin, director de la victoria roja.
Accedí a su petición y seleccioné a una persona que fuera capaz de llevar a cabo dicha acción. Tras un intento fallido, la seguridad y el secretismo en torno a Trotsky serían mayores. Una semana después, ayudado por un miembro de la inteligencia soviética, Ramón Mercader fue el elegido para llevar a cabo la acción. Miembro del Partido Socialista Unificado de Cataluña, era hijo de una comunista y había participado en la Guerra civil. De inmediato pasó a formar parte del servicio secreto soviético y no volví a saber nada de él hasta un año después.
Paralelamente a la acción de la inteligencia soviética, consistente en infiltrar a Mercader en los círculos trotskistas parisinos, mi función fue la de contactar con Diego Rivera y Frida Khalo. Ambos se encontraban en Paris llevando a cabo una gira. Era sabido por todos la gran amistad que unía a ambos con Trotsky por lo que mi labor principal en Paris fue la de ganarme la confianza de ambos para obtener información a cerca del paradero del exiliado. No me llevó mucho tiempo llegar hasta ellos. Eran habituales en las fiestas de la capital francesa, en las que Diego solía ejercer de alma de cualquier reunión. Su poder de atracción era proporcional a su corpulencia. Y lo era no sólo para las mujeres sino también para cualquier persona.
Según los informes del servicio secreto soviético, León Trotsky y Frida Khalo habían mantenido algo más que una relación de buenos camaradas. Algo que seguramente era sabido por el propio Diego Rivera, aunque como es bien sabido las infidelidades nunca supusieron un gran problema entre ambos, al menos no para él. Es por ello que mi acercamiento fue mayor hacia ella. Tras dos meses de extensas conversaciones le indiqué mi deseo de poder viajar hasta México para poder contactar con el propio León Trotsky. Sus reticencias me llevaron a desvelar mi verdadera identidad, la cual había ocultado hasta ese momento como última arma. En la clandestinidad el anonimato y la falsa identidad son básicos. A pesar de que la Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin acababan de firmar un pacto de no agresión, la posibilidad de que este se resquebrajase, como finalmente sucedió, o de que agentes españoles pudieran llevar a cabo mi propio asesinato me llevaron a ser siempre cauto. De hecho, esta fue la única vez que mi identidad fue revelada a alguna persona ajena al partido.
El 18 de Enero de 1940 llegué a México. Antes de iniciar mi inmersión en el circulo de Trotsky contacté con Ramón Mercader y varios agentes soviéticos. Todo, lógicamente, con la mayor discreción posible ya que sin duda mi viaje a México habría sido informado por las mismas fuentes que me llevaron hasta Trosky.
Tal y como me había informado Frida Khalo, Trotsky habitaba normalmente la cantina “El bajío”. Allí inicié poco a poco un contacto. Era una persona bastante reservada, fría, distante. Yo también lo sería si meses antes hubiera sufrido un intento de asesinato.
Una vez que Mercader estaba plenamente integrado en la seguridad de Trotsky, labor de la que se encargaron la inteligencia soviética, me fui de México. No podían quedar, como así lo acordé con el mismo Stalin, vinculación alguna entre el asesino, el asesinado y yo.
El 20 de agosto de 1940 Leon Trotsky fue asesinado. Yo me encontraba al Sur de Francia. El ejército alemán ya había invadido el Norte del país, incluida Paris, tan solo un mes antes lo que me obligó a trasladarme temporalmente hacia el Sur pero con la clara decisión de abandonar el país ante la posibilidad de verme ahogado entre una Alemania nazi y una España franquista.
La noticia de su muerte no me produjo alegría alguna. Incluso en mi interior sentí tristeza. Mis encuentros con él en aquella cantina de la capital mexicana habían creado un sentimiento de admiración hacia él. Tal vez, y aun a riesgo hoy día de ser ajusticiado públicamente, sea por ello que sesenta y seis años después escribo hoy estas líneas.

Nota: este es un artículo de ficción

Escrito por Adrian Calderón Bonnamour
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Una velada revolucionaria en el Titanic

Archivado en Historias de la Historia • Fecha: 09-09-2006 09:39:49

Estos días Cuba está de nuevo de moda en los informativos de todo el mundo. Su comandante en jefe Fidel Castro parece estar afrontando su último reto. Para él seguro que algo tendrán que ver los Estados Unidos en su estado.
Cuba para mi siempre será sinónimo de revolución. Una revolución que nunca conocí, pero que sí me fue contada por uno de sus protagonistas, quizá por el único revolucionario de verdad. Ernesto Guevara de la Serna, el Ché.
Fue hace muchos años ya cuando esta figura se cruzó en mi vida. Yo era tan sólo una niña que quería ser artista. Estaba dando mis primeros pasos hacia un mundo totalmente desconocido para mi. Por ello no dudé en aceptar la invitación de Angie de zarpar en el Titanic. Este mítico trasatlántico que en su día fue la estrella de la compañía White Star se había convertido en un museo flotante. La naviera lo vendió en plena crisis de los viajes en barco. Una crisis motivada en parte por el crack del 29, por el hundimiento de otros barcos de la misma compañía como el mítico Olympic y el Britannic. Además tras la Segunda Guerra Mundial la industria de las aeronaves evolucionó rápidamente y condenó a los viajes trasatlánticos a su casi desaparición.
En 1968 un empresario italiano decidió adquirir el Titanic y relanzarlo como barco de transporte de pasajeros. La ruta del Titanic recorría toda la costa Atlántica del Sur de América.
Mis primeros días en el Titanic fueron agotadores. Mi amiga y yo habíamos tenido que mentir y decir que habíamos trabajado ya en bares como bailarinas. Lo cierto es que yo siempre había sentido el baile en mi interior, pero nunca había actuado delante de un público tan numeroso. Pero mi sueño era llegar a ser tan grande como lo he sido y nunca dudé a la hora de dar pasos hacia delante.
En el puerto de Caracas el barco fue secuestrado por un grupo de guerrilleros que decían ser “los liberadores del pueblo latinoamericano”. Por la megafonía del barco avisaron a todos los pasajeros que su objetivo no era otro que atraer la atención del mundo hacia la realidad latinoamericana. No iban a usar la violencia en ningún momento por ello dieron la oportunidad a todos aquellos que lo desearan de abandonar el barco en los diferentes botes salvavidas. Yo no lo dudé ni un segundo y convencí a Angie para que nos quedásemos y viviéramos aquella aventura. En total fuimos 87 las personas que entre pasajeros y tripulación decidimos quedarnos. En mi caso por compartir el objetivo de aquellos hombres a pesar de no saber de primera mano cual era la realidad de nuestros vecinos del Sur.
Mi contacto con el Ché no se produjo hasta el cuarto día, en el que por fin decidió dirigirse directamente a todos los que formábamos parte de aquella aventura que también lo era para él. Había oído hablar de su mirada pero solo cuando lo tuve enfrente comprendí por qué hablaban de unos ojos hipnotizantes. Su figura no era la de aquel bravo combatiente al que CIA dio por muerto en Bolivia. Quizá porque no había disfrutado de los bienes del poder como sí lo había hecho Fidel Castro.
En el comedor central, sin armas, sin escolta, con la libertad del que se sabe poderoso no por lo que vale en monedas, sino por su valor humano, inició un pequeño discurso en el que nos agradeció el haber permanecido voluntariamente a bordo dl barco y nos aseguró que nadie sufriría daño alguno por parte de sus soldados. No se extendió más allá de los 10 minutos ya que, como él mismo me explicó después, era conocedor que su figura se basaba en la obra y no en la palabra. Tal vez fue ese el motivo que le llevó a abandonar su cargo de director del Banco Nacional de Cuba y volver a la vida del guerrillero.
Angie y yo comenzamos a sentirnos cada vez más cómodas en el barco, así que decidimos organizar un pequeño concierto, a pesar de que la presencia cercana de barcos norteamericanos no era el mejor escenario. Preparamos unas cuantas canciones que había compuesto durante mis meses en Nueva York. Uno de los soldados sabía tocar la batería y un camarero de la tripulación el bajo. Angie me hacía los coros. Y yo tocaba la guitarra y era la cantante. Creo que no podría haber tenido un mejor escenario para cantar por primera vez “Everybody”.
Al acabar el Ché se acercó a nosotros y me invitó a su camarote. No lo dudé y acepté, su figura irradiaba demasiada fuerza como para intentar evitarla. Una vez allí, iniciamos un torpe conversación en inglés, afortunadamente mi estancia en Paris me sirvió para defenderme en francés, un idioma que él dominaba.
Me preguntó por qué motivo estaba en aquel barco y por qué había decidido seguir en él. Fui tan sincera en mi respuesta que creo que desde ese momento me aceptó como uno más de sus revolucionarios.
Estuvimos hablando durante toda la noche, me contó cómo escapó del ejercito boliviano y de la CIA en las montañas bolivianas de la que afirmaba habría sido su muerte segura. Sin embargo, un campesino, a riesgo de ser asesinado por traición, le escondió a él y a dos de sus compañeros en un pequeño zulo situado bajo el granero. Allí pasaron veinte días, en los que casi no comieron ya que el campesino ,aterrado ante la posibilidad de ser descubierto, a penas les llevaba comida y un poco de agua. Para unos supervivientes como ellos aquellas condiciones no eran especialmente duras.
Cuando salieron de allí se dirigieron a Argentina donde el Ché consiguió contactar con La Habana. Y eso fue todo lo que me contó. Aquella noche dormimos juntos, no hubo nada más allá de la conversación pero aquello fue más que suficiente. Cuando los rayos del sol me despertaron a la mañana siguiente él ya no estaba. Ni él, ni su ejército revolucionario. El ejército de los Estados Unidos había estado enviando durante toda la noche mensajes al Titanic. Las ordenes eran bien claras: o abandonáis el barco y os entregáis o lo asaltamos.
De nuevo, y a pesar de su cojera, había conseguido engañar al poderoso ejército de los Estados Unidos. Su leyenda se engrandeció, las imágenes del Titanic dirigido por los revolucionarios daban la vuelta al mundo. No fue más que una muestra de resistencia al fiero capitalismo.
Un año más tarde Ernesto Guevara de la Serna moría en Buenos Aires. Fue asesinado mientras participaba en una manifestación en contra del dictador argentino Jorge Rafael Videla. Su muerte y la derrota argentina en la Guerra de las Malvinas produjo la caída del régimen militar.
Durante aquella noche en la que conocí a Ernesto “Ché” Guevara él me habló de Eva Perón y sus reivindicaciones femeninas. Aquella mujer, al igual que mi madre, murió presa del cáncer. Años después Argentina y Eva Perón volvieron a mi. Mi actuación como Eva Perón en “Evita” fue para mi todo un privilegio que me llevó a conocer algo mejor a aquella mujer que había conseguido hipnotizar al mismísimo Ché.
Mi estancia en la aventura del Titanic me otorgó cierta fama. Quizá de no haber montado en aquel barco y haber decidido quedarme hoy sería quien soy. Es por ello que siempre le estaré agradecida al Ché Guevara y a su causa. Aquella velada revolucionaria en el Titanic supuso un impulso en mi carrera artística y un gran cambio personal.

Nota: este es un artículo de ficción

Escrito por Adrian Calderón Bonnamour
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Así nació la ilusión

Archivado en Historias de la Historia • Fecha: 20-06-2006 16:37:03

Cuenta la leyenda que un día estaban sentados alrededor de una mesa cuatro personas sin nada mejor que hacer. Los cuatro se limitaban a contemplar el juego de figuras y colores que un fuego encendido para combatir el frío formaba en torno a toda la habitación.
- Hay que buscar más leña - dijo Utmán, el más joven.
- Ya voy yo, que necesito algo de aire fresco – dijo William que era el mayor.
- Te acompaño William, que yo también necesito estirar un poco estas viejas piernas- añadió Johann.

Una vez fuera los dos hombres comenzaron a caminar en torno a aquella vieja casa de madera. El cielo totalmente despejado de Constantinopla permitía contemplar todo el conjunto de estrellas presidido por la Luna.

- ¿No te parece maravilloso Johann? – preguntó William mientras dirigía su mirada hacia el cielo.
- Creo que a nuestra edad, es la sensación más bonita que podemos experimentar. – Le contestó Johann.

La casa estaba rodeada de campos que llevaban meses sin ser sembrados. La sequía arreciaba y por ese motivo los agricultores habían abandonado aquellas tierras y su casa. Ésta había sido ocupada por nuestros cuatro hombres y sus cuatro historias. Acostados sobre una montaña de paja William y Johann continuaron conversando.

- ¿Sabes William?, desde pequeño siempre he sentido atracción por la astronomía. Desde los comienzos de la Humanidad supuso siempre un mundo a estudiar por el hombre. Al principio descubrieron que podían determinar las estaciones que se hacía indispensable para saber en qué fecha migrarían los animales. Y la Luna fue básica para determinar los días y meses como hoy los conocemos en función de la calidad de su luz por las noches.
- ¿Y las estrellas? – Preguntó interesado por lo que su compañero de soledad le estába explicando.
- Las estrellas, querido amigo, están siempre ahí, justo en el mismo sitio, noche tras noche.

Un silencio acude a la conversación. William, un inglés atrapado en Constantinopla por los azares del destino, está algo preocupado por su situación pero también por el futuro de aquel Imperio otomano.
- ¿Qué crees que sucederá ahora Johann?
- ¿A qué te refieres?
- Pues, después de la derrota de Viena. ¿Crees que el imperio germano nos invadirá?
- No lo sé amigo, pero sinceramente no me importa. Mi única preocupación en este momento es encontrar unos cuantos trozos de leña que nos den calor a ti, a mi y a esos dos de ahí adentro.

Mientras los dos mayores recogen leña, en el interior Utmán, un ex jenízaro del ejército otomano, y Shasmash, comerciante persa, charlan a cerca de una figura muy popular por la zona: San Nicolás que fue obispo de Mira.
- ¿De qué habláis autóctonos?- Preguntó Johann en tono burlón.
- Estamos desarrollando nuestro intelecto y nuestros conocimientos, eso que los bárbaros hacéis tan poco a lo largo de vuestra vida. – Contestó Shasmash.
- Nosotros preferimos desarrollar otro tipo de intelecto más práctico. – Respondió William mientras haciendo un gesto hacia la leña que en ese momento depositaba alrededor del fuego. – La leña calienta, las ideas no.

Este comentario provoca una risa general entre todos. Y todos se dan cuenta que por fin han reído después de unos meses tan duros en los que la política agresiva del gobierno había comenzado a hacer mella en una población que era consciente que el gran sueño imperial comenzaba a desmoronarse.

- Hablábamos de San Nicolás de Mira, de Bari para vosotros. ¿habéis oído alguna vez hablar de él? – Preguntó Shasmash
- Sí, fue obispo de Mira hace unos cuantos siglos, ¿no? – Contestó Johann que trata de responder rápidamente en aquel duelo intelectual entre Oriente y Occidente para demostrar a aquellos dos jóvenes que, aún siendo germano, él también conoce algo de la historia del lugar.
- En efecto, fue un hombre que entregó todas sus posesiones entre los pobres. Tras la muerte de sus padres se dedicó a hacer la vida de los demás algo más llevadera. Fue Obispo de Mira, aunque cuando el Islam se estableció en la región los cristianos consiguieron sacar sus restos y trasladarlos hasta Bari, por eso erróneamente se le conoce como de Bari. – Confirmó Utmán
- Aunque en eso los germanos también sois expertos, ¡eh! ¿Johann? – Dijo Shasmash
- No sé a que te refieres hermano.
- En Colonia creo que guardáis unos restos de tres personajes de la historia que casualidades de la vida descansaron durante más de mil años precisamente aquí en Constantinopla.
- ¿Te refieres a los tres reyes? – Preguntó Johann
- ¿Qué tres reyes? – Preguntó William que se sentía fuera de la conversación.
- Los tres reyes que vinieron de Oriente – Contestó Utmán – Es una leyenda muy conocida.
- Nada de leyenda, hermano Utmán – Le respondió Shasmash – Se trata de una historia tan real como que tú y yo somos perseguidos por traición al islam.
- Tres Reyes que guiados por una estrella fueron llevados hasta el nacimiento del mismísimo Jesucristo. Y que ahora descansan en la Catedral de Colonia. – Dijo Johann, en voz baja mientras alimentaba el fuego que iluminaba la cara incrédula de William.
- ¡Jesucristo! – Exclamó William
- En efecto, tres reyes y un obispo muertos en territorio otomano y rescatados por los cristianos. – Añadió Utmán.
- Cuatro historias del mundo cristiano. – Dijo Johann
- Y nosotros en territorio musulmán. – se lamentó Shasmash.

Comenzó una conversación a cerca de las figuras de estos tres hombres. Shasmash, por su condición de comerciante, había viajado mucho y era un gran conocedor de las escrituras sagradas de la civilización cristiana. No había llegado a integrarse nunca en este religión, sin embargo, entre los musulmanes fue considerado un traidor por lo que tuvo que huir de su tierra, “ de mi Babilonia” como le gustaba decir a él recordando el pasado de una tierra en su momento muy prospera y aún rica.

William, diplomático inglés, se confirmó en las teorías que él mismo había esgrimido a los que le ordenaron trasladarse hasta territorio otomano como paso intermedio hacia la India. No sabía nada de aquel Imperio y su cultura.
Inglaterra movilizó en aquel periodo de finales del siglo XVII y principios del XVIII gran cantidad de diplomáticos para iniciar relaciones con un gran imperio. Sin embargo, la derrota en Viena contra los polacos y diversos movimientos internos habían provocado enfrentamientos en Antalia y William no tuvo más remedio que huir. Ahora su único deseo era regresar a su patria e iniciar una nueva vida.

- Amigos, aquellos cuatro hombres procedían de Oriente y se han convertido en personajes del mundo cristiano, es decir, de Occidente, ¿no es así? – Preguntó William.
- Sí, aunque la verdad es que no son personajes muy conocidos. – Le contestó Johann.
- Nosotros somos cuatro, estamos en Oriente y queremos llegar a Occidente. – Afirmó William, que hasta este momento había estado callado, pero que como buen diplomático había trazado un plan en breves instantes.
- Sí, eso ya lo sabíamos. ¿a dónde quiere llegar nuestro querido diplomático inglés? – Preguntó con ironía Shasmash.
- A ver, hasta este momento nos hemos limitado a recluirnos, a huir, pero está claro que no hemos avanzado. Cada uno de nosotros somos más o menos especialistas en algo, Utmán como buen jenízaro que fue conoce perfectamente las estrategias de la guerra, pero también cómo avanzar sin ser descubierto. Y nosotros somos un batallón pequeño y fácil de mover. Tú, Johann, eres un experto en astronomía y otras ciencias y aunque sabes que no son de mi gusto sí te admito que son conocimientos siempre necesarios. Y tú, Shasmash, comerciante procedente de Bagdad, creo que eso no hay nada más que decir.
- Pues yo creo que sí, avanzar ¿hacia dónde?, y ¿para qué? – Preguntó Utmán.
- Hacia Occidente. A predicar la ilusión – Le contestó William
- ¿Ilusión? Creo que definitivamente has perdido la cabeza amigo inglés. – Le contestó Johann.
- Veo que has tardado en darte cuenta. Amigos, nuestra situación no es precisamente la que todos habíamos imaginado. El destino ha querido que cuatro personas de mundos diferentes nos hayamos encontrado en mitad de un imperio que acaba de sufrir una severa derrota. Dos de vosotros sois perseguidos por haber traicionado al Islam, o al menos de eso os acusan, y dos de nosotros pertenecemos a Occidente y no sabemos si antes o después podríamos ser perseguidos por este hecho. Debemos salir de aquí. Y cuando lleguemos a Occidente, el cristianismo debe saber que en Oriente existieron cuatro personajes que hoy son parte de su cultura. Los niños han de soñar con estos hombres que guiados por estrellas y por la bondad llevaron la felicidad al mundo. Y los mayores han de saber que en Oriente hay una cultura de sabiduría y de entendimiento.
- ¿Quieres que yo viva de contar cuentos? – Preguntó Utmán.
- No son cuentos, son sueños querido amigo. – Le contestó William.

Mientras William continuaba contando a sus compañeros cómo llegarían hasta territorio cristiano y una vez allí iniciarían una actividad de predicación Johann y Shasmash iban imaginando poco a poco cómo sería aquella nueva vida. Ambos estaban hartos ya de tanta guerra, pero cada uno soñaba con una vida diferente. Mientras Johann se imaginaba rodeado de niños hablándoles de estrellas, reyes que volaban en camellos, un santo que entraba por las ventanas y dejaba regalos en los calcetines; Shasmash pensaba cómo podría sacar partido económico de aquello. Definitivamente William los había convencido. El único que dudaba era Utmán, aunque cuando el diplomático inglés le habló de llegar hasta Granada, la cosa cambió. Las maravillas de la antigua al-Andalus eran narradas desde hacia generaciones. Las batallas contra los cristianos, las victorias y finalmente la entrega a los Reyes Católicos. Sin embargo, en aquellas tierras aún pervivía la cultura musulmana, y aunque él no fuese un férreo practicante sí se sentía orgulloso de su cultura.
La leyenda cuenta que estos cuatro hombres llegaron hasta Occidente atravesando Grecia, los Balcanes, Austria, Maguncia, hasta llegar a Francia. En el país galo se desconoce el motivo por el cual el grupo quedó dividido. Son muchos los documentos que narran de la existencia de estos cuatro hombres. Utmán y Johann viajaron hasta España. Shasmash se estableció en Paris. Y William regresó a Inglaterra donde pronto fue enviado hacia las Américas en misión diplomática.
Nada se sabe de cómo acabaron sus vidas, pero sí de que su objetivo fue logrado. Durante muchos años las historias de Melchor, Baltasar, Gaspar y San Nicolas han viajado de boca en boca, de padres a niños, de generación en generación. Ellos crearon la ilusión, por diferentes motivos, pero la crearon. Gracias a estos tres hombres hoy millones de niños tienen una ilusión cuando llega la Navidad. Lo comercial parece haber acabado con el sueño, pero es sólo si nosotros lo deseamos. El comerciante Shasmash también tenía un sueño, hacer felices a otras personas ofreciendo sus productos. Johann deseaba llegar hasta las estrellas. Utmán regresar a la tierra en la que quizá un día hubo un sueño de entendimiento. Y William, casi sin saberlo, creó un estado independiente. Se convirtió en diplomático de la ilusión, una nación que no entiende de fronteras, de idiomas, de culturas, de religiones, tan sólo de sentimientos y corazones.

Escrito por Adrian Calderón Bonnamour
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Se marchó

Archivado en Escribir por escribir • Fecha: 22-04-2006 13:35:48

Qué duro se me hacía aceptar que después de muchos años de efervescencia creativa, me encontraba en un largo período ya de ausencia de inspiración. Quizá escribir había perdido para mi la autenticidad del principio, cuando escribía para enamorar, para eludir mi vida, para pensar en vidas imaginarias que me llevaran lejos, muy lejos de aquella triste realidad.
Era normal que el duende se hubiese marchado ya que tras dos novelas de cierto tirón comercial, y que ahora vistas con el tiempo carecían de calidad literaria, mi vida había cambiado. Yo siempre quise escribir sobre la gente de la calle, sobre personas normales que van a comprar el pan, que tienen problemas para acabar el mes y que no hablan de camisas de cien euros. Pero la popularidad me había llevado casi sin darme cuenta a reuniones sociales en las que mantenía conversaciones superfluas con políticos, actores, escritores y artistas en general, empresarios y demás personas aparentemente necesarias para el buen funcionamiento de una sociedad.
Con el paso del tiempo mis novelas se convirtieron en estúpidos recuerdos de una vida que ya no recordaba. Quería hablar sobre lo sencillo desde lo alto y aquello supuso el camino directo hacia mi estrellato como escritor. Me había alejado de la realidad por lo que se hacía complicado hablar de ella.
Parecía que iba a ser difícil volver al principio, salir de aquella espiral de fiestas, presentaciones y cenas llenas de glamour. Sin embargo, el olvido llegó tan pronto como la popularidad. En a penas unos años habían dejado de invitarme a eventos, quizá ya no necesitaran a un payaso que animara aquellas fiestas, ya no era necesario que una acto de presentación de una marca de perfumes contara con el toque intelectual del ganador de un premio literario.
Así que de nuevo me encontraba en el punto de partida, aunque bien es cierto que con algún cero más en la cuenta corriente. De nuevo comencé a ocupar mi tiempo en cosas cotidianas que me acercaban a esas personas de la calle, del día a día. Personas que disfrutan viendo en la gran pantalla o sobre un escenario a aquellos actores con los que me había codeado; personas que corean instintivamente las canciones de aquellos compositores con los que había charlado sobre su viaje a Miami; personas que visten modelos de prestigiosos diseñadores que no saben el precio de un kilo de ternera pero sí el precio de uno de los hoteles más lujosos de París; en definitiva los verdaderos motores de este mundo.
Por ello decidí no escribir sobre ellos sino hacerlo para ellos. Desde entonces cada día me leéis en miles de periódicos sin saber que detrás de ese anónimo sobrenombre me escondo yo.

Escrito por Adrian Calderón Bonnamour
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By pass

Archivado en Escribir por escribir • Fecha: 05-04-2006 09:13:51

Se puede decir que la vida se había portado muy bien conmigo durante aquellos cuatro meses. Encontré un trabajo en el que se me valoraba y eso no es fácil hoy en día. Mi relación con Belen cambió radicalmente. Las peleas y llantos fueron sustituidos por largas conversaciones, noches llenas de pasión y mucho amor y hasta por una proposición seria de ambos de iniciar una vida juntos. Además en casa mis padres también ayudaron a que toda mi vida en general mudara repentinamente y todo fuese casi perfecto.
Todo aquello ocurrió casualmente en mitad de una operación de by pass. Yo al principio pensaba que aquel pequeño aparato además de regular mi sangre, se ocupaba de regular mi vida. Es curiosos como a veces creemos que nuestras etapas en la vida están íntimamente relacionadas con pequeños detalles. Como cuando la señora Clara pensó durante un tiempo que su vida iba a cambiar con la llegada de su primera nieta. Creía que su hija reflexionaría y dejaría de pasearse por la calle con uno y con otro. Pero pronto descubrió que los llantos de aquel bebe serían suyos para siempre. O también cuando Arturo, un amigo de mi hermana, creyó haber descubierto que el ejercicio era lo que había faltado durante tantos años en su vida y se compró una bicicleta. Durante seis mañanas Arturo salió a pasear en su bicicleta, a la séptima fue atropellado por una furgoneta.
Yo estaba seguro que aquel by pass poseía un poder mágico que me llenaba de vida, que me abría los ojos a todo un mundo que hasta aquel momento había pasado desapercibido para mí. Cambió mi manera de ver a la gente. Ahora ya no veía al vendedor de cupones como un ciego gruñón, merecedor de su ceguera, sino como a un pobre soñador al que le habían cortado sus alas. Ni tampoco creía que la vida de mi hermana no tuviera felicidad porque tuviera lugar entre cuatro tristes paredes y rodeada de gatos, tal vez las prisiones no están detrás de unos barrotes sino al otro lado.
Fuera como fuera, la vida había cambiado para mi y yo quería aprovecharme de aquel instante por si pronto se acababa.

Escrito por Adrian Calderón Bonnamour
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ADN.esADN.es Medio Oficial Premios Bitacoras 2008: Ninfomanas